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miércoles, 16 de abril de 2014

Vivir al límite

Fuente: “La inutilidad del sufrimiento” de Mª Jesús Álava Reyes.

«Una “visión” que nunca me ha gustado es la cara de cansancio que tienen muchas personas a las ocho de la mañana. ¡Cuántos rostros y cuerpos parecen ya agotados! ¡Cuántos ojos sin luz y miradas sin ver! En lugar de frescos y lozanos aparecemos cansados y derrotados. ¿Qué nos pasa?».

Tenemos medios de locomoción más rápidos y cómodos, pero tardamos más en llegar a nuestros trabajos.

Nuestra formación académica es superior, pero no sucede así con la preparación para la vida.

Hay más gente a nuestro alrededor, pero con frecuencia nos sentimos solos o aturdidos.

Los salarios son más altos, pero las “necesidades” parecen inalcanzables. Tenemos sillones, sillas, camas, sofás…, más cómodos y funcionales, pero descansamos menos y peor.

Hay más bullicio, pero menos alegría.

Hace tres, cuatro o cinco décadas las cosas no eran más sencillas, pero quizá las personas sabían mejor cuáles eran sus límites.

Los adultos estamos dotados de unos “sensores” que nos avisan cuando estamos cansados y nos señalan el momento de tomar “un respiro”. El problema llega cuando algunos adultos se sienten tan abrumados o condicionados por su situación que no se permiten el más mínimo descanso. Creen que si ellos paran todo se irá al traste y, sin interrupción, empalman un esfuerzo con otro hasta que un día ya no pueden más y estallan o se vienen abajo.

Si el ser humano camina en contra de su ritmo vital, si continuamente trasvasa el límite de su resistencia, tarde o temprano lo traspasamos y entonces no tendremos capacidad de reacción, pues habremos agotado todas nuestras fuerzas y entonces, todo parecen ser dramas en nuestra vida.

Debemos ser conscientes de la realidad que tenemos para que en lugar de soportarla con resignación intentemos cambiarla en la medida de lo posible, que siempre es más de lo que creemos.

Todos tenemos límites. La vida no puede ni merece la pena vivirse al límite de nuestras fuerzas físicas y mentales, pues tarde o temprano nos pasa factura.


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